El asesino de Baumwall, Capítulo 3

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El asesino de Baumwall, Capítulo 3

Mensaje por Martín-Andrés el Sáb 29 Sep 2012 - 22:14

Capítulo 3

El cielo gris concuerda con las esquinas sucias y las paredes horribles de los barrios marginales. Las pegatinas en las farolas son un entretenimiento para los cansinos transeúntes, mientras aprietan el botón del semáforo, con esa mugre de ciudad que será de la polución o del paso del tiempo. Las vías del tren, elevadas sobre las calles, dan a la ciudad un alarde de grandiosidad industrial, que recuerda al futuro y las películas de ficción.
Los gettos producen una extraña sensación de comunidad, un sentimiento de tristeza mutua, en el que muchos se respaldan junto a sus cigarrillos, sus botellas de cerveza y sus ropas baratas. El ruido de los malditos coches, continuamente pasando, es un tranquilizante para la mente, que detiene las melodías tarareadas y sobre todo las ganas de pensar en algo agradable. Todos los que pertenecen al getto acaban por encontrarse a gusto entre la dejadez de los escupitajos, y los rostros amargos. No hay nadie que se queje demasiado, por lo menos abiertamente, porque no hay nadie con quién comparar, y el lenguaje, los gestos, las intenciones se inundan de esa especie de consentimiento ante todo. Y así se construyen cientos de barrios en todo el mundo, que tienen siempre en común los ojos de los conductores de Autobús, con ese aburrimiento y los pasos de cualquiera, que suenan sordos y secos, porque tienen un destino fijo y claro y porque van unidos al horario.

Y tú te diriges al metro. Esta noche te toca trabajar en el club irlandés.

Tú también eres un hombre de getto. Caminas con la dejadez y el orgullo del que no tiene nada que perder, pero tampoco que ganar. Tu gorra de artista la llevas porque no quieres alejarte del todo de tu verdadera esencia, la de un poeta cutre, sin escuela ni conocimiento, ni diccionario de sinónimos. Es más bien una especie de bandera, por marcar las diferencias entre tus compañeros de suerte, aunque no cumpla su función, porque, sinceramente Yan, pareces más un camello que un escritor. Aunque claro está que cuando llegues al bareto de los Finnigan, ni gorra ni historias, tendrás que ponerte el delantal negro con bolsillos y empezar a drenar de cerveza las panzas de los clientes, y entonces no se escribe bien ningún soneto.

Cuando llegas a la parada, después de saludar a Farid, el del döner, te pones a leer una de esas revistas de la empresa de transportes, con las fotos tan irónicas de trabajadores sonrientes y buses limpios y un par de reportajes sobre algún avance en el sistema. Y así llega el tren, y tú has cumplido tu objetivo de no pensar nada en esos 5 minutos, que por lo menos ya es algo.

Te sientas en el vagón vacío, apoyas tu cabeza sobre el cristal rallado. Todo huele a alcohol, y la tela del asiento está pegajosa, pero al fin y al cabo es incluso cómodo. Y nada, ahora te toca esperar, un buen rato además, porque hasta Baumwal quedan unas cuantas paradas, y habrá que cruzar el río.

Ya nunca lees en el tren. Antes tenías siempre un libro a mano, por eso de que leyendo se aprende. Pero en algún momento se cansa uno de leer romanticismo poético en un tren ajado, y para novelas de drama ya tienes tu propia vida.
Así que ahora optas por mirar por la ventana, o por vaciar tu mente con el móvil táctil que te han dado con el contrato, y jugando a algún juego inútil, dejas pasar el tiempo, que antes tanto necesitabas aprovechar...

Pobre “pringao” que eres. A nadie le importaría si te lanzaras por la ventana del tren. Algún policía compasivo taparía tu cuerpo con un plástico dorado, y en la televisión hablarían de ti como un loco, sin nombrar tu nombre. Algún vecino tuyo diría que eras muy tranquilo y que no habría jamás esperado eso de ti, y después la noticia daría paso a los deportes y a ti te llorarían tal vez Adela y tu hermano, pero no mucho, porque sollozar no tiene ya sentido. Y pensar que tú en realidad por dentro todavía esperas salir algún día de la mierda, convertirte en un buen escritor... Si es que eres un pobre soñador. No haces nada más por conseguir tus sueños que lamentarte y dejarte caer en algún club, con aquel, con aquella, con la botella de whisky y sus palabras mareantes. En lo único en lo que te puedes sentir diferente es en tus cigarrillos de mentol, que ningún otro capullo se compra, y que tú llevas por ser especial, más que por el sabor, que ni te gusta ni te deja de gustar.

Ahora sale el sol. Como cambian las sensaciones, ¿eh, Yan? Si es que esta ciudad podría ser tan bella si no hubiera tanto gris... Aquel viejo de la ventana parece disfrutar tanto como tú, seguro que viene de un getto tan moribundo como el tuyo. Parecéis hermanos, con esa cara agrietada de nunca sonreír más que por el alcohol.

Incluso se te empiezan a ocurrir historias cuando sale el sol, cuentos que escribir. Tu mente se empieza a mover, aunque sabes que no vas a cumplir ninguna de las promesas que te haces, porque no, porque no es tu vida. La decisión se perdió hace tiempo, no cogiste aquel tren. Pero hoy has cogido el tren hacia Baumwall y te acercas a la estación del puerto, la anterior...

Una vez dijiste, me acuerdo: “el hombre no está hecho para el arte”

Qué frase, Yan, supongo que tienes razón. Míra, tú solo te dedicas a lo mismo que cualquier rata. Te levantas y desde por la mañana te dedicas a buscar algo para comer, que nosotros los hombres llamamos dinero. Comes de lo que ganas, y después te marchas a dormir y así todos los días. Tal vez el sábado haces algo más humano. Te vas al bar de la esquina con J. H y te emborrachas, entre dardos y frases estúpidas acerca de política y arte, cuando empezáis a mezclar Rousseau con Cristiano Ronaldo...

Y ahora te diriges a la caza, como un león, de tu presa/dinero. En unos diez minutos estarás despachando a los pelirrojos gordos del pub, intercambiando chistes con algún mediocre como tú que trabaje allá y en resumidas cuentas, luchando por tu supervivencia como cualquier maldito animal que se precie. Ahí no puedes meterte contigo mismo. Eres tan puro como la ardilla o la gaviota, pero te agota el sentimiento de culpabilidad de no ser nada más que eso, de no haber aprovechado tu enorme cerebro para nada más que calcular vueltas.

Cualquiera que sea políticamente correcto te dirá que cualquier trabajo tiene dignidad, pero eso no se lo cree ni su madre. Tu quisieras tener un despacho, un libro con tu nombre impreso encima, una firma con un lugar en el papel, que no sea el de la declaración de la renta. Cualquiera que diga lo primero, en este mundo, es un farsante y un mentiroso. Todos nos dirigimos a lo mismo, a la cúspide de nuestra sociedad, a lo que nos mandan papá Hollywood y mamá sociedad. Y por mucho que se pinte de bucólico, es lo que cualquier estudiante tiene detrás de su cabeza, en sus venas fluyendo, en sus ojos: el instinto de supervivencia, el deseo de sobrevivir. Como el león corriendo tras la gacela, como la rata hurgando en la basura, como la avispa tonta en la flor; igual sirves tú la cerveza, y estudia el chaval para ser Bróker, y practica el pianista el pasaje de Chopin.

Todo un intento penoso por llegar a lo alto. Y de eso se nutre nuestro mundo, por eso lo llaman desarrollo y mejora y por eso tu eres un fracaso.

Pero no te preocupes.
Ya le veo.

La puerta se abre.
Y él te mira.
Los ojos diciendo: “me llevo tu vida.”
La bala que sale teñida de prisa.

Te mueres, cordero.
Te sale la sangre del alma y del cuerpo
y los pájaros cantan al muerto.
Te vas por regueros de rojo,
Te escapas del ritmo...
Adiós con los ojos...
Adiós con los ojos...

Y ahora estás muerto. Y te han hecho un favor, boludo, que vos sabés bien que la sangre se quita rápido. Cuando llegue el oficial dará parte y punto, te marchás con más silencio que un día nublado, y así se terminá la historia y todo sigue. El mundo no necesita de mártires como vos.
Miráte bien Yan. Más valés muerto que vivo. Ése poema del final no tuvo sentido. Como escritor eres bárbaro. Bárbaro inepto, sabés menos rítmica que un mono castrado. Así que ahora olvidáte de que hablo así y pensá que te has muerto, te has muerto y te has muerto. Y te mató vestido de negro.

Te has muerto, Ché.
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Re: El asesino de Baumwall, Capítulo 3

Mensaje por Maethnír Anárion el Dom 30 Sep 2012 - 12:50

Martín; no sabes como echaba de menos el que volvieras a escribir aquí. Ya llevabas demasiado sin escribir sobre el asesino de Baumwall Wink Sigue así y, como siempre, Fantástico capítulo!!!

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Perhaps the greatest faculty our minds possess is the ability to cope with pain. Classic thinking teaches us of the four doors of the mind, which everyone moves through according to their need.
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Re: El asesino de Baumwall, Capítulo 3

Mensaje por Nat Graveyard el Dom 30 Sep 2012 - 20:32

Shocked IM.PRE.SIO.NAN.TE Es brutal, Martín, tanto el cómo como el qué. +1, y sin lugar a dudas.

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Re: El asesino de Baumwall, Capítulo 3

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