Los libros quemados...

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Los libros quemados...

Mensaje por Nat Graveyard el Vie 18 Mar 2011 - 16:38

John Cheever se levantaba todas las mañanas muy temprano, se ponía un traje de tres piezas, cogía un maletín y llevaba a sus hijos a la parada del autobús en el Upper West Side de Manhattan. Después de despedir a los críos con la mano, volvía a entrar en su edificio, pero en lugar de subir a su piso, bajaba hasta un pequeño cuarto junto a las calderas en el que había puesto una mesita y, sobre ésta, su máquina de escribir. Una vez allí, se quitaba el traje y escribía en calzoncillos, el calor de las calderas así lo exigía, hasta que los niños volvían del colegio. Entonces se vestía de nuevo, agarraba su maletín vacío e iba a la parada del autobús a recogerlos. Día tras día, Cheever fingía tener un empleo y una oficina y una posición que no tenía. Le avergonzaba confesarles a sus hijos que en realidad no era más que un escritor.

Cuenta Ricardo Piglia, el formidable escritor argentino, que el peronismo sacó a Borges de la biblioteca municipal en que trabajaba, para nombrarle inspector de aves, un cargo que consistía en inspeccionar mercados de pollos. Una degradación irónica, dice Piglia, consciente de que no hay peor infierno para un escritor que el mundo real. También ha escrito Piglia que la literatura es más interesante que la vida, y me temo que muchos escritores estamos de acuerdo. Y, sin embargo, escribir avergüenza. Supongo que también avergüenza vivir si uno se para a pensarlo.

La gente escribe, cualquiera, todos, yo mismo. ¿Para qué? No está claro. Para corregir un error, para rectificar un dato, para ganar altura, dinero, prestigio, para birlarle una novia a un amante más diestro, para no pensar en la muerte o para pensar en ella con cierta distancia. O simplemente por tener algo que hacer, entre sopa y sopa, entre niño y niño, entre guerra y guerra.

La gente escribe demasiado, es un hecho. Noventa y nueve de cada cien manuscritos son devueltos definitivamente a sus autores en un siniestro viaje de ida y vuelta a ningún sitio y, aun así, son tantos libros. Se empujan en los mostradores, se amontonan en los grandes almacenes, desbordan las pequeñas librerías y las casetas de las ferias, viajan a Perú como limosna, e incluso se rebajan a ofrecerse de regalo en los quioscos.

Los libros ya no saben adónde ir ni qué hacer para que alguien los quiera. Y cuando los ejemplares no vendidos abultan demasiado, se queman en remotos polígonos industriales. También los nazis quemaban libros, pero no por falta de espacio. Pensaban matar con el fuego todo aquello que sobrevive a la muerte del enemigo. Aquello que no puede ser fácilmente exterminado y que de una manera u otra volverá para vengarse.

Creo que, en el fondo, a los libros les gusta ser quemados en la plaza, no en el almacén, tal vez porque los escritores somos todos muy vanidosos y cualquier luz que ilumine nuestro nombre por un instante es bien recibida, aunque sea la luz de las llamas, o tal vez, porque los libros quemados, en la plaza, arden convencidos como ningún otro de su efectividad y su peligro. Del alcance de su estocada y de la altura de su vuelo.

Afortunadamente contra el fuego de las cosas reales está el fuego de las cosas inventadas y es ahí donde la ficción le saca un cuerpo a la vida. En la vida uno apenas puede hacer nada, en la ficción todo es propio, hasta lo robado.

Se escribe mucho, demasiado, tantos libros y tanta gente, y sin embargo pocos libros encuentran su dueño y pocos dueños encuentran su libro. Eso es lo más sorprendente de las grotescas listas de ventas; resulta imposible creer que tantas enfermedades distintas necesiten el mismo remedio. Se venden cien mil ejemplares de este dichoso Código da Vinci o de aquel otro, el que sea, como si tal cosa.

Es extraño, pero resulta más fácil vender cien mil libros iguales que cien mil libros distintos. Eso cualquier librero lo sabe. Y, sin embargo, pese a la popularidad de un antídoto, no es posible que llevemos todos dentro el mismo veneno.

Debajo de esos libros, que están muy bien seguramente, hay otros libros que seguramente están mejor. Como debajo de aquellos adoquines estaba la playa. A veces uno tiene la tentación de entrar en una librería y alterar la disposición de todos los ejemplares. Colocar los de arriba, abajo, y los del escaparate, en los rincones.

Poner en la mesa de bestsellers una hermética antinovela de Samuel Beckett y en el estante de literatura irlandesa, las memorias de José María Aznar y compañía. Empujar a Isabel Allende al destierro de las guías turísticas, a ver si se calla de una vez. Meter la mano en las estanterías y sacar algo inesperado; la literatura criminal de Rubem Fonseca, por ejemplo.

Aquí, como en tantas otras cosas, el pudor, esa forma humilde de decencia, me detiene. También el recuerdo de un viejo vendedor de la Cuesta de Moyano, que siempre nos decía: "Me da igual que compre o no, pero no me toque los libros".

Literatura y mercado son dos cosas muy distintas condenadas a vivir juntas, en la misma caseta, como los animales del Zoo están condenados a vivir entre sus propios excrementos. Lectores y escritores nos miramos con demasiada frecuencia el ombligo buscando una fecha de caducidad que se impone sin existir.

Llega la Feria del Libro y aprieta más la marea del mercado que el rumor de la literatura. Te encuentras con un conocido y se excusa, casi avergonzado, por no haber leído aún tu último libro. Ni falta que hace. Lea Otra vuelta de tuerca que es mucho mejor. O el Gran Gatsby o Moby Dick.

Lea a Conrad, a Twain, a Coetzee o a Bolaño. Lea a Gombrowicz por lo que más quiera y, ya que está, a San Juan de la Cruz y a William Burroughs, a la vez. Lea a Benet, a De Lillo y a Bellow. A todas las hermanas Brontë y al menos a uno de los hermanos Durrell, a Gerarld si es posible. Lea a esos dos locos daneses, Andersen y Kierkegaard, que si uno simulaba tener corazón, el otro simulaba tener chepa. Y a Nabokov y a Joyce y a Rulfo.

Lea a Thomas Hardy, que sabe lo que dejamos atrás, y a Ballard, que sabe lo que nos espera. A Bernhard y a Bukowski, que cuando uno dice sí, el otro dice no; a Evelyn Waugh y a Jim Thompson, y caiga en la cuenta de que el primero es más negro que el segundo. Y vuelva la vista al hermoso monstruo de Mary Shelley y al horrible ángel de Virginia Woolf y no se fíe ni un pelo de la nariz de Nicole Kidman, que es postiza.

Lea a Wittgenstein aunque sólo sea por presumir, y a Cortázar, y a Borges aunque le de un mareo, y a Simone de Beauvoir aunque le ponga muy nervioso, y a Proust aunque le aburra, que aburrirse no es más que pensar muy despacio. Y lea a Tolstói, a Dostoievski y a Chéjov, que son todos muy rusos pero no se parecen en nada. Y a Mishima, que es un suicida japonés deliciosamente amanerado. Y a Unamuno, que es otro coñazo estupendo. Y a Cheever, que resulta que al final era marica. Y a Céline, que no esperó a que nadie quemase sus libros y los quemó, uno a uno, él solo, mientras los escribía.

En fin, no vamos a citar aquí todo el canon de Bloom, ni siquiera el mío. Baste recordar que un mono puede fácilmente cruzar la historia, desde el lugar en el que estamos hasta el lugar donde empezamos, saltando de rama en rama, de página en página, de verso en verso. Y con el mismo método se puede llegar también hasta el futuro, que, a pesar de los agoreros, seguro que tenemos uno.

Así que, después de todo, lea también los libros que están por llegar, los que todavía no se han escrito, léalos en cuanto pueda, antes de que estén terminados, porque las obras acabadas son más tristes. Como decía Marguerite Duras, las obras acabadas se contabilizan ya en las columnas de la muerte.

Y después de leer el Quijote de Zapatero, no piense que lo ha leído ya todo, que el Quijote no es el final, sino el principio.

Pero todo esto ya se sabe, y a cuento de qué, entonces, repetir lo que se ha dicho tantas veces. Aquí, la Duras nos ayuda: "Hay que volver a decir".

No hay otra razón para seguir escribiendo.

También hay que volver a escuchar. No hay otra razón para seguir leyendo.

No nos queda más remedio que vivir.

Por eso los libros prefieren ser quemados antes que ignorados. Cualquier escritor daría hasta el último céntimo de la pensión de su madre por ver, aunque sólo fuera una vez, todas sus páginas en llamas...


FUENTE: http://lacomunidad.elpais.com/gimlet/2010/4/19/-los-libros-quemados-ray-loriga-no-os-perdais-este

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Nat Graveyard
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