Una tarde de porcelana

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Una tarde de porcelana

Mensaje por Dasharai el Miér 13 Ene 2016 - 13:53

Aviso: el texto no es mio, es de alguien que lleva un tiempo escribiendo, pero animará esta sección que está un poco vacía xD



El viejo chino no había perdido ni un ápice de su elegancia. Ligeramente encorvado bajo su capa verde pistacho, con ribetes más verdes aún en las bocamangas, mantenía su simple belleza.
Aquella figurita de porcelana antigua estaba ahora en la estantería de casa. Había pertenecido a padre. No sé cuánto veneraba a su chino, pero recuerdo que lo cambiaba de sitio, hasta que le parecía que aquel día ocupaba el lugar oportuno.
Ahora, en mi poder, no sabía dónde colocarlo. En la balda de arriba el chino parecía de otra nebulosa. La perilla larga y la espesura de las cejas vestían de sabiduría su rostro anguloso. Su original sombrero triangular, de hojas amarillas dispuestas en capas, recogían sus extremos, a modo de penacho, en la parte superior con un cordel, permitiendo que su melena blanca descendiese hasta los hombros.
Estaba tan lejos que me levanté y lo tomé en mis manos. Descubrí, no sin asombro, que su mano izquierda sujetaba, un tanto ladeada, una taza de cerámica blanca. Pero si mi chino ¡bebía!
Cogí un vaso ancho de cristal, le puse dos hielos cuadrados como si fuesen dados de la suerte, y me serví un potente chivas. El color del vaso haría que la noche fuese ámbar. Al agitar el líquido levemente, las paredes dejaron ver su estela y percibí su olor afrutado; me deje deslizar por la calle del deseo. Después de un rato estábamos los dos entonados.
—Cuéntame algo, Chino. Estás en casa, y me gustaría saber algo de ti.
¿No me vas a contestar?
—Lo de Chino me desagrada.
—Disculpa, necesitas un nombre. Esto es importante. Nacemos dos veces. No creas que te esté diciendo esto por el whisky que me estoy metiendo entre pecho y espalda, no he perdido el oremus. Es algo que he pensado desde hace tiempo. A nosotros nos paren, y a ti te han fabricado, pero no somos nadie hasta que alguien nos nombra y, luego, se dirige a nosotros. Dime ¿te gustaría tener un nombre?
—Me puedes llamar Hui. Ese es mi nombre.
—Bien, entonces no te bautizo. Es un nombre sugerente ¿Qué significa?
—Sabio, inteligente.
—O sea, que quieres que te considere así. Hum… eso no es tan fácil.
—Ya que me has dado la palabra, espero que sea para hablar un rato. Bebía con tu padre todas las tardes, yo mi sake y él su pelotazo. Nunca te sentabas con nosotros a charlar; él lo echaba de menos.
—Desearía dejar a Padre a un lado. Él ya no está aquí. Casi que lo prefiero.
— ¿Crees de verdad que no está? He venido en la mudanza, y no es por casualidad.
—En cierto modo si. Clara, mi hermana, decidió que tu sitio era conmigo. Te eligió, para mí, entre los muchos recuerdos.
—Si no te intereso podrías no haberme desembalado, e incluso me podrías haber dejado allí en lo alto. Pero me has bajado y te has puesto a beber conmigo. Eres tú quien ha venido a mí, y por algo será.
—Está bien, está bien. Me he acordado de él, eso es cierto, pero aclárame ¿qué insinúas con lo de mi padre?
— ¿Insinuarte? Para nada. Coincidirás en que, en los últimos dos años, el silencio fue la conversación más apasionada que mantenías con él. El suspiraba por reencontrarte, por arreglarlo.
—Hui, no teníamos nada que decirnos.
— ¿De verdad piensas, qué no decías nada? Por las mañana os encajabais los ropajes del silencio, y los únicos susurros del día que os dispensabais eran la voz de tu máscara muda, y los pasos desvaneciéndose por el pasillo.
—Creo que nunca has pasado por una experiencia así, Hui. Al principio, después de morir mamá, cuando nos dirigíamos la palabra, el eco devolvía el enorme vacío que nos acompañaba ¿Para qué hacer más ruido, si ya estábamos lejísimos uno del otro? El, y solo él, había vestido las horas de todos nosotros de desesperación, o qué crees que acompaña al desamor y la traición ¿Cómo hay que vestirse para soportar ese invierno?
—¡Dí algo chino, por Dios! que has enmudecido.
Empezaba a irritarme y bebí un sorbo largo con ansia; lo necesitaba. Su codo posado sobre la cadera aprisionaba, discretamente, el manto cruzado. Nunca me había percatado de aquel detalle; sin embargo, si que había visto el abanico de seda rosa, que apoyado sobre el manto, se desmayaba en el regazo de su mano derecha.
—Hui, ¿por qué llevas un abanico, y además es color rosa? Acaso ¿necesitas aire en invierno?
—El abanico simboliza unión, y es entre nosotros el recuerdo de personas que han muerto.
—O sea, que es por mi padre.
Coloqué a Hui en la parte más baja de la estantería, a la altura de mis ojos. El sonido de la televisión empezó a hacerse evidente; me asome a la ventana, llovía. Las hojas del otoño yacían esparcidas por la calle. Me sobresaltó la voz del chino desde lejos:
— ¿Y por qué no hablar de ello? Él ya no está. Será fácil para ti desnudar sus mentiras, si es que las hubo ¿Tienes miedo a la verdad?
—Maestro, ¿qué te hace suponer que eso será bueno? La verdad no nos libera de nada, sino que nos encadena a ella por siempre, y encadenados ¿qué podemos esperar?
Quiero recordarte, que los rumores de las infidelidades de padre iban saltando de boca en boca, y acabaron reventando las costuras de mi madre. Cada día moría un poquito, hasta no ser más que un envoltorio, vacío y muerto por dentro ¿Acaso durar es mejor que arder?
De nuevo el ruido de la calle llegaba con nitidez. La lluvia volvía a repiquetear en los cristales, por los que se deslizaban lágrimas brillantes, como de cristal. Era algo más que la anunciada tormenta.
—Hay acontecimientos que solo conducen a la desesperación. La retirada es la única puerta de emergencia. Para vosotros, la rendición es síntoma de debilidad. Para nosotros, los orientales, es trascendencia.
—Hui, ¿dónde vivimos nosotros? Nuestra cultura nos ata.
—Cristian, de qué valen los suspiros de un amor que se rompe.

—Hola Clara, qué tal el día. Te he llamado varias veces, pero no doy contigo. Me enviaste la figura del chino. Si tu la quieres, te la envío. En tu estantería podrá vivir. En mi casa, Hui ya no tiene sitio. Díme lo que te parece. Besos.

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- Pero entonces -dijo el joven,contemplando con el entrecejo fruncido las estrellas-, ¿es así como ha de mantenerse el Equilibrio, así, no haciendo nada? Sin duda el hombre tiene que actuar aún cuando no tiene todas las consecuencias, si en verdad hay algo que hacer.
- Nunca temas. Mucho más fácil es para los hombres actuar que abstenerse. Seguiremos haciendo el bien, y el mal ... Pero si de nuevo hubiera un rey sobre todos nosotros, y ese rey buscara como en tiempos remotos el consejo de un mago, y yo fuera ese mago, le diría: "Mi señor, no hagáis nada porque sea justo, o loable, o noble; no hagáis nada porque os parezca bueno, haced tan sólo aquello que hacer, y lo que no podríais hacer de ninguna otra manera"

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Dasharai
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